Por: Leticia Mendoza
A diferencia de los pelícanos pardos, que se lanzan al agua como flechas para pescar, los pelícanos blancos tienen una técnica de caza cooperativa que demuestra su organización. Nadan en grupos compactos, formando líneas que se acercan gradualmente a la orilla para asustar y acorralar a los peces en aguas menos profundas. Una vez que los peces están atrapados, simplemente abren sus picos para capturarlos con su bolsa gular, una membrana elástica y extensible que cuelga de su mandíbula inferior. Esta bolsa actúa como una red natural, capaz de almacenar hasta 11 litros de agua y varios peces a la vez. Después de la captura, inclinan el pico para drenar el agua y se quedan solo con los peces, que tragan enteros. Si un pelícano no logra atrapar su presa, otro miembro de la bandada aprovechará la oportunidad.

Un pelícano adulto necesita consumir entre 1.5 y 2.5 kilogramos de peces al día para mantenerse saludable, lo que los convierte en depredadores eficientes y voraces. Además de su función como herramienta de pesca, la bolsa gular también sirve como un «abanico» para regular la temperatura corporal en días calurosos, demostrando la versatilidad de esta adaptación única.
Un legado que perdura
La presencia de los pelícanos blancos en la CDMX, tanto en los canales de Xochimilco como en los humedales artificiales del Bosque de San Juan de Aragón, es un recordatorio de la riqueza natural que aún persiste en la ciudad. Estos sitios no solo son paradas temporales en su larga travesía migratoria, sino también un vínculo vivo con el pasado prehispánico, cuando estas aves eran reverenciadas y estudiadas como mensajeras de los dioses. Hoy, su presencia nos invita a reflexionar sobre la importancia de conservar estos hábitats para las generaciones futuras.










