Migración anual y paradas obligadas

por | Ago 26, 2025

El espectáculo más grandioso de la ballena gris se despliega en su migración anual, una travesía épica que puede alcanzar los 20 mil kilómetros. En verano, estos gigantes se alimentan intensamente en las ricas aguas del Ártico. Luego, como si siguieran un impulso ancestral, orientan su rumbo hacia el sur, buscando las aguas cálidas y poco profundas donde nacerán y crecerán sus crías.

Durante los seis o siete meses que pasan en las zonas de invernación, las ballenas prácticamente ayunan. Dependen de la grasa acumulada en el norte, y pueden llegar a perder entre el 16% y el 30% de su masa corporal antes de emprender el regreso al Ártico. Este sacrificio energético garantiza la protección y desarrollo de los recién nacidos.

Para alimentarse, rascan el lecho marino para succionar el fango donde abundan pequeños organismos que filtran con sus barbas.  Foto: Fulvio Eccardi

En México, Laguna Ojo de Liebre, Laguna San Ignacio y Bahía Magdalena, en Baja California Sur, ofrecen condiciones óptimas para el parto, la lactancia y el aprendizaje de las crías. Allí, las madres enseñan a sus ballenatos los ritmos de la respiración y el arte de moverse en aguas poco profundas. Entre enero y marzo, miles de turistas se congregan para observar este encuentro cercano con uno de los animales más carismáticos del planeta. Cooperativas locales, bajo regulación de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas-CONANP, operan expediciones responsables que limitan la cercanía, exigen motores silenciosos y promueven la conciencia sobre la fragilidad del encuentro.

Un grupo de turistas disfrutan del encuentro cercano con un ballenato curioso. Foto: iNaturalist.

Con la llegada de la primavera, comienza el viaje de regreso. Las crías, ahora robustas y entrenadas, acompañan a sus madres rumbo al norte. Durante esta travesía, las ballenas se alimentan activamente. La migración de la ballena gris no es un simple desplazamiento: es una epopeya ecológica. Conecta extremos del planeta —del trópico al Ártico— en una danza de supervivencia y renovación. Cada ballena se convierte en un puente viviente entre ecosistemas lejanos, una lección geográfica y biológica que nos recuerda que el océano no reconoce fronteras, y que la vida, cuando se le permite, traza rutas tan colosales como necesarias.

Un pequeño ballenato se acerca tanto a la embarcación que logra estar literalmente “al alcance de la mano”. Foto: Ryan Harvey.
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